Hay cosas que uno solo entiende después de muchos años de campo. No se aprenden en los libros, ni en los despachos, ni en los discursos de quienes hablan de medioambiente sin haber sentido nunca el frío de una espera, el olor de la tierra mojada, el silencio de una noche cerrada o el latido del corazón cuando algo rompe una rama en la oscuridad.
Tengo cincuenta y cuatro años y he vivido prácticamente todas las etapas de la caza del jabalí a la espera. He visto cómo ha cambiado la forma de cazar, cómo han cambiado los medios, cómo ha cambiado el monte y, sobre todo, cómo hemos cambiado nosotros.
Antes se cazaba con una escopeta y una linterna sujeta al cañón con cinta aislante. Era rudimentario, incómodo, imperfecto. Pero también tenía algo de verdad. Uno se sentaba en la noche con más dudas que certezas. Un catre, una manta y tu escopeta era toda la impedimenta que portábamos. No sabías exactamente qué entraba, ni por dónde, ni cuándo. Había que escuchar, esperar, interpretar el monte. La luna importaba. El aire importaba. El silencio importaba. El cazador tenía que formar parte de la noche, no dominarla.
Después llegaron los rifles con visor, y a esos rifles también se les acopló una linterna led. Más precisión, más distancia, más seguridad en el disparo. Luego vinieron las linternas láser, los visores nocturnos para observar, los acoplables nocturnos, los térmicos de observación y, finalmente, los visores térmicos montados directamente sobre el arma.
Cada paso parecía lógico. Cada avance tenía su justificación. Ver mejor, seleccionar mejor, tirar mejor, herir menos, controlar poblaciones, evitar daños agrícolas, reducir riesgos sanitarios. Sobre el papel, todo parecía razonable. Pero el problema no está en la herramienta. El problema está en lo que hacemos con ella.
Cuando la técnica rompe el equilibrio
Hoy un cazador puede sentarse de noche en un puesto y dominar térmicamente cientos de metros a la redonda. Puede ver lo que antes era invisible. Puede detectar un animal mucho antes de que él tenga la menor opción de detectar al cazador. Puede observar, comparar, seleccionar y disparar con una precisión que hace apenas unas décadas habría parecido ciencia ficción. Un jabalí a 200 o 250 metros, de noche, bajo un visor térmico moderno, apenas tiene oportunidades reales.
Y ahí nace mi duda. Mi incomodidad. Mi cansancio moral.
Porque hace ya un par de años que no veo un buen jabalí en el monte.
Jabalíes hay, claro que los hay. Incluso muchos en determinadas zonas. Pero los grandes, los viejos, los verdaderos señores de la noche, esos que antes parecían fantasmas, esos que te hacían soñar durante meses, cada vez son más raros. Y no creo que sea casualidad.
El jabalí siempre fue un animal de noche, de viento, de monte cerrado, de silencio y desconfianza. Su defensa era precisamente esa: la oscuridad, el oído, el olfato, la prudencia, la experiencia. Pero la tecnología moderna ha roto ese equilibrio. Lo que antes era un duelo entre la paciencia del cazador y la astucia del animal, ahora corre el riesgo de convertirse en una ¨ejecución¨ perfectamente planificada.
Digo “riesgo” porque no quiero caer en una condena absoluta. La tecnología existe. Está ahí. En muchos lugares es legal y yo he sido el primero en utilizarla y además en esta forma que describo. Además, bien utilizada, puede servir para gestionar poblaciones, evitar daños en cultivos, controlar enfermedades y realizar disparos más seguros y limpios. No soy ingenuo. Sé que el campo actual no es el de hace cuarenta años. Hay más presión, más daños, más intereses y más necesidad de gestión.
Pero una cosa es gestionar y otra muy distinta es utilizar la gestión como excusa para matar siempre el mejor animal posible. Y ahí es donde creo que nos estamos equivocando.
Nos conceden herramientas para controlar poblaciones, para reducir daños, para evitar problemas sanitarios, y nosotros muchas veces las convertimos en una carrera por abatir el macho más grande, el colmillo más largo, la foto más impactante, el trofeo que más pese sobre la mesa de tertulia.
Y lo peor es que todos podemos entender esa tentación. Yo el primero, !ojo!. Si uno sabe que le entra un gran jabalí en su zona, si lo tiene visto en cámara, si conoce la hora, el camino, el aire y además dispone de medios para abatirlo con una enorme probabilidad de éxito, ¿quién no siente la llamada de intentarlo con todos los medios a su alcance?
Yo también la he sentido. No hablo desde una superioridad moral. Hablo desde la contradicción del cazador que ha vivido eso, que lo entiende, que lo ha deseado y que precisamente por eso empieza a hacerse preguntas.
Porque al final, cuando todo está medido, grabado, controlado y previsto, algo se pierde. La caza deja de ser misterio y se parece demasiado a un procedimiento técnico. Incluso, a veces, a un videojuego. Sabemos por dónde entran, a qué hora entran, cuántos son, cuál es el grande, cuál es el pequeño, cuál viene primero y cuál espera detrás. Colocamos cámaras, analizamos patrones, miramos con térmico, seleccionamos con calma y disparamos desde una distancia en la que el animal no sabe ni que estamos allí.
¿Dónde queda entonces la emoción?
¿Dónde queda la incertidumbre?
¿Dónde queda la noche?
Para mí, esa forma de cazar empezó a perder sentido. No porque quien la practique sea peor cazador. No porque la tecnología, por sí misma, sea mala. Sino porque yo dejé de sentir que aquello tuviera alma.
Por eso empecé a cazar con arco.
Y cazar con arco ha sido, en cierto modo, volver a la humildad.
La caza con arco te obliga a acercarte. Te obliga a leer el aire. Te obliga a conocer los pasos, los silencios, los ritmos del monte. Te obliga a estar a 15 o 20 metros, no a 250. Te obliga a hacerlo casi todo bien, y aun así aceptar que muchas veces el animal ganará.
Porque con arco, y parafraseando a un gran cazador arquero, ¨se caza mucho, pero se mata poco¨. Se viven muchas esperas, muchos lances, muchas oportunidades perdidas, muchos animales que te descubren y se van. Y eso, lejos de ser un fracaso, es precisamente lo que devuelve dignidad al lance.
Un jabalí a 15 metros tiene oportunidades. Puede olerte. Puede oírte. Puede verte. Puede desconfiar. Puede dar media vuelta y desaparecer en la noche como si nunca hubiera existido. Y cuando todo sale bien, cuando la distancia es corta, el tiro es limpio y la pieza cae después de un lance honesto, la satisfacción es enorme, incluso si el animal no es un gran trofeo.
Anoche cacé un jabalí pequeño, de unos 50 kilos, seguramente de año y medio. Y, sin embargo, sentí una satisfacción que hacía tiempo que no sentía. No por el tamaño. No por la foto. No por el trofeo. Sino por la forma. Por haberlo hecho cerca, en silencio, con un arco y una flecha. Por haber sentido que el animal tuvo sus opciones y que yo tuve que ganarme cada metro que lo veía avanzar y cada movimiento que tuve que hacer.
Hay algo profundamente antiguo en eso. Algo que nos conecta con quienes cazaban antes que nosotros, mucho antes de los visores, de los rifles, de las cámaras y de las pantallas térmicas. No se trata de idealizar el pasado ni de negar el presente. Se trata de preguntarnos qué queremos que sea la caza.
La palabra “sostenibilidad” me incomoda muchas veces. Se ha usado tanto, y tantas veces por personas que no conocen el campo, ecolojetas de oficina, que casi parece vacía. Pero después de treinta y cinco años pisando monte, empiezo a pensar que, aunque no me guste la palabra, el problema es real. Estamos consumiendo un recurso que no es infinito. Y no hablo solo de número de animales. Hablo de calidad, de edad, de estructura, de equilibrio, de emoción, de cultura cinegética.
El campo no se agota solo cuando desaparecen los animales. También se agota cuando desaparece el respeto. Cuando desaparece la medida. Cuando desaparece la capacidad de renunciar.
Quizá el gran reto de la caza moderna sea recuperar un código. Un límite interior. Una ética que vaya más allá de lo legal. Porque no todo lo permitido es necesariamente bueno. Y no todo lo técnicamente posible debe hacerse siempre.
Usar la tecnología con medida
Las cámaras, los térmicos y nocturnos han de tener su lugar en la gestión. Son útiles para determinados controles, para evitar daños concretos, para mejorar la seguridad o para actuar en casos necesarios. Pero otra cosa es convertirlos en la herramienta habitual para buscar y eliminar sistemáticamente los mejores ejemplares.
Ahí creo que deberíamos detenernos un momento y recapacitar.
No por sentimentalismo, sino por inteligencia. Si matamos siempre los mejores machos, si no dejamos envejecer a los animales, si convertimos cada aguardo en una operación de máxima eficacia, llegará un momento en que seguiremos teniendo jabalíes, sí, pero habremos perdido los grandes jabalíes. Y con ellos se habrá ido también una parte esencial del sueño del cazador.
A mí me gustaría que el monte siguiera teniendo secretos. Que una noche de espera conservara su misterio. Que no todo se supiera antes de sentarse. Que hubiera incertidumbre, emoción, fracaso, paciencia y suerte. Porque la caza, si pierde eso, se empobrece.
No reniego de la evolución. No reniego de la técnica. No juzgo a quien utiliza medios legales, yo mismo lo hago. Pero sí creo que ha llegado el momento de preguntarnos si estamos usando esas herramientas con la prudencia que exige el campo o con el egoísmo que exige nuestro deseo de trofeo.
Yo también soy cazador. Yo también entiendo la ilusión de un gran jabalí. Yo también sé lo que pesa la tentación cuando uno sabe que el animal está ahí. Pero precisamente por eso creo que debemos hablar de esto. Porque el problema no está fuera de nosotros. Está dentro. En esa lucha entre querer conservar y querer poseer. Entre amar el monte y querer cobrarnos lo mejor de él.
Cazar con arco, para mí, ha sido una forma de recuperar esa medida. De aceptar que el animal debe tener oportunidades. De volver a sentir que la caza no consiste solo en matar, sino en merecer el lance. En volver a escuchar la noche sin convertirla en una pantalla. En recordar que el cazador no debería ser dueño absoluto del monte, sino una parte más de él. Con esto no quiero decir que todos debamos cazar con arco, sino que todos debemos encontrar la forma más ética de cazar dentro de nuestra modalidad favorita, de autolimitarnos.
Seguramenteno podamos volver atrás. La tecnología ha llegado para quedarse. Pero sí podemos decidir cómo usarla. Podemos decidir si queremos ser simplemente más eficaces o si queremos seguir siendo cazadores en el sentido más profundo de la palabra.
Porque cazar no debería ser eliminar toda ventaja del animal.
Cazar debería ser entrar en su mundo, aceptar sus reglas, medirnos con él y, a veces, solo a veces, vencer.
Y cuando eso ocurre a quince metros, bajo la luna, con el corazón golpeando en el pecho y una flecha bien puesta, uno recuerda por qué empezó todo. Ahí no hay pantalla, ni distancia, ni falsa superioridad. Solo queda la noche, el monte, el animal y el cazador.
Y quizá, precisamente ahí, esté todavía la verdad de la caza.
Pero, ¿Qué pasará la próxima vez que vea una huella grande, o una colmillada profunda en el tronco de un pino que se desangra en savia? ¿Pondré las cámaras?, ¿Cogeré el rifle con el nocturno? ¿O me subiré a un árbol arco en ristre?. Porque, seamos sinceros, cuando sabes que lo que hay, es gente menuda, coger el arco o una paralela por romanticismo, es fácil. Pero si lo que entra es un señor del monte, ¿qué haré? ……
Sincera y honestamente, no lo sé.
Y ese es el problema